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Desde ayer domingo, los niños pueden salir a dar un paseo con los patines durante una hora cerca de su casa con alguno de sus padres y de sus hermanos. Desde hace mes y medio, los niños pueden, únicamente, estar en casa. No estoy segura de que estar en casa sea algo negativo de por sí para un niño, cuyo mundo interior y cuya imaginación todos envidiamos y cuya capacidad de adaptación y de resiliencia todos querríamos tener. El problema es que vivimos en una sociedad donde la noción de la infancia está totalmente marginada y olvidada. Desde el primer día de vida de un bebé, los padres vuelcan su visión adulta en las criaturas: “llora porque quiere atención”, “no come porque es muy cabezota” o “lo único que quiere es saltarse el cole porque es vaga como su hermano”. Sin embargo, los bebés y los niños hacen las cosas por motivos muy diferentes a los que nos imaginamos y damos por hecho demasiadas cosas mientras les arrastramos deprisa y corriendo hacia nuestro universo como si eso fuera lo más correcto.

Para Rousseau el niño nacía rodeado de naturaleza, la cual le permitía desarrollarse bueno y noble y la mejor educación que se le podía brindar a los hijos era la de protegerle de la sociedad que los corrompe. De alguna manera, luego llegaron sistemas alternativos educativos como las escuelas infantiles Waldorf o Montessori que buscaban imitar este entorno natural al menos en los primeros años de infancia rodeando a los niños de un jardín donde juegan libres y crecen independizándose prácticamente solos.

Hace unos años hice unas prácticas en un jardín de infancia donde niños desde los tres a los seis años convivían en una sala llena de juguetes tan básicos como troncos, piedras y telas y que salían a jugar al jardín cavando agujeros, manchándose manos y ropa de barro y mojándose en la manguera sin que la profesora emitiera un solo suspiro o pusiera la mínima cara de preocupación. El primer día durante unas horas pensé que “estos hippies” se estaban pasando. Sin embargo, unos minutos después pude observar algo que alimentó mi ego de adulta responsable y me dejó tranquila: los niños se pusieron una muda de ropa limpia, metieron su ropa sucia en una bolsa de plástico en sus mochilas (los mayores ayudando a los más pequeños), dejaron sus zapatos en la entrada y de nuevo una vez dentro de ese “aula” natural se sentaron a tomar un aperitivo, leyeron cuentos y volvieron a jugar con sus casas hechas con sábanas y sus negocios de piedras y palos. Pude confirmar varias cosas: eso de que los niños con cuatro cosas y su imaginación pueden construir una ciudad entera, que mancharse y jugar con la tierra no implica atraer un desastre dentro de casa y que no estudiar sumas y restas o hacer fichas desde los dos años no hace que los niños sean menos inteligentes sino todo lo contrario. Estos niños eran más inteligentes, ágiles y autónomos que lo que estamos habitualmente acostumbrados a ver.

El estado de alarma que ha obligado a cerrar escuelas y abandonar actividades extraescolares de todo tipo. Todo esto trae consigo un notable sufrimiento para los niños: el de no poder estar en contacto con la naturaleza, con sus amigos, con otros ambientes. Muchos han tenido que dejar de lado la formación musical, deportiva o artística, otros se ven obligados a estar en su cuarto veinticuatro horas pegados a un tablet o la tele. Pero es necesario también que analicemos que muchos de ellos están haciendo tareas que hasta ahora no les habíamos permitido: ahora tienen tiempo, tiempo de jugar, tiempo que perder, pueden participar ayudando a cocinar a sus padres experimentando lo que es la masa del pan en sus propia piel y pueden coger un trapo y limpiar el polvo por los muebles como ven hacer a sus padres. Ahora los niños tienen tiempo para poder observar lo que ocurre a su alrededor y abstraerse en el juego y en la imitación, los dos pilares sobre los cuales crecen y se desarrollan. Muchos niños de hoy no escuchan cuentos ni juegan a las cartas ni pintan sobre papel de verdad.

Como tan bien explica Paco Herrero en este artículo, “la confinación de la infancia no es algo de estos días de coronavirus, tenemos a la infancia cotidianamente confinada en escuelas, en las extraescolares, en los parques de bolas, en los campamentos urbanos y en los pisos de las abuelas. En todas y cada una de las realidades hechas a imagen y semejanza de la expectativa adulta para sostener el estilo de vida enajenado que nos mata y que perpetuamos.” Se avecinan tiempos difíciles pero quizás sea el momento de pararnos por fin a pensar en la infancia y escuchar y observar cómo son nuestros hijos, nuestro alumnos. Nos daremos cuenta de que no tienen una noción del tiempo como la nuestra y entenderemos así por qué no hacen caso cuando les pedimos que dejen de jugar “dentro de quince minutos”. Quizás veamos que no desordenan, descubren. Y que también pueden ordenar y participar en muchas más cosas de las que nos pensamos.

La vuelta a la rutina será complicada. Ya se habla de reducir las horas de clases presenciales, de reducir el número de alumnos por aula, de priorizar los espacios al aire libre a aquellos cerrados. ¿No es una lástima que haya tenido que llegar la pandemia e intentando evitar a un virus vayamos a avanzar hacia lo que durante años la educación estaba pidiendo a gritos? Un cambio. No por distanciamiento social, ni por higiene física sino mental. La infancia necesita menos deberes, más tiempo, menos horas de escuela, más horas de aire libre, de tierra, de experiencia.

Los niños tienen mucho que enseñarnos a nosotros y somos los adultos los que deberíamos ir a una escuela a aprender cómo ser menos adultos, menos civilizados. Porque nos hemos civilizado en una dirección que no era y todavía no entiendo por qué deseamos para nuestros descendientes el mismo estrés que hemos conseguido para nosotros mismos. En algún momento jerarquizamos la adultez por encima de la infancia y diseñamos los hogares, las ciudades, las escuelas, a favor de los adultos y relegando a los niños a pasar por esa etapa llamada infancia de la manera más oculta y discreta posible para no molestarnos con sus juegos o sus preguntas incómodas mientras seguimos el ritmo acelerando del sinsentido. Es una pena que la pandemia provoque niños pegados a pantallas continuamente en ambientes de tensión y discusiones de padres que no dan a basto con un trabajo asfixiante y agotador y unas dificultades económicas que no merecen. Pero esto no quita que para muchas familias, para muchos niños, sea la primera vez (y por desgracia, quizás también la última) en que disfrutarán de tanto tiempo con sus progenitores y podrán tocar las cosas de la casa y de la calle con la emoción que les pertenece y que hemos procurado arrebatarles.

Sarah Nur
Fotografía de portada: Graciela Iturbide

 

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