Hoy queremos compartir con vosotros algunos fragmentos de el interesante artículo de Sergio García Magariño en la revista Entreletras sobre la migración y la cuestión de la identidad. En los tiempos que corren que se hace necesario que nos paremos a reflexionar sobre el concepto de identidad y sobre las ideas que asociamos a los flujos migratorios para desprendernos de algunos prejuicios y poder tener una visión algo más completa y objetiva del fenómeno de los refugiados en nuestros países.

Las concepciones sobre la identidad que se tienen, así como la misma identidad, suelen pasar desapercibidas. Dicho de otro modo, solemos ser inconscientes de las nociones que tenemos de lo que significa la identidad así como del proceso mediante el cual se conforma la misma. ‘Y sin embargo’, como dice Sabina, la identidad influye en nuestras acciones y en nuestras políticas. (…)

Al hablar o examinar los movimientos migratorios y las políticas de integración, se hace necesario revisar la cuestión de la identidad, aunque exista el riesgo de reificar los conceptos que utilizamos para estudiar el fenómeno en cuestión. La reificación hace que los conceptos creados se conviertan en cosas reales que se interponen entre los seres humanos y que impiden el reconocimiento mutuo. Las categorías de inmigrante o refugiado, a pesar de su utilidad, entonces, habrían de usarse con esa cautela (Mahendran et al., 2019; Kertzer, 2017).

Detrás de estas categorías hay personas y grupos humanos que comparten una identidad primaria con el resto. Las religiones, por ejemplo, plantean que la identidad fundamental que conecta a los seres humanos es el alma (Corduan, 2002). El género, la clase social, la etnia, la familia o la religión definen aspectos secundarios, aunque importantes, de la identidad y hacen que nos conectemos por grupos de afinidad (Harrison, 2013). El anhelo de pertenecer a un grupo, por tanto, se satisface a través de la identificación con dichos grupos. Estas identidades secundarias, no obstante, estarían siempre subordinadas a la identidad primaria que nos conecta a todos y que, en términos religiosos, nos conecta también con Dios.

La identidad, además, se manifiesta en dos niveles. Desde una perspectiva, la identidad es lo que hace a cada persona única (Sen, 2007). El conjunto de influencias familiares, culturales, ideológicas, religiosas y sociales definen la identidad de la persona. (…)

A los refugiados e inmigrantes, al diferente en general, se les suelen atribuir las causas de los males que azotan a una sociedad o se les considera los responsables de ciertos riesgos. El colapso de los sistemas de asistencia social, la erosión de la cultura, la imposición de otra religión, el desempleo, son algunos ejemplos de culpas no constatadas por la observación empírica rigurosa que se les atribuye a quienes tienen otras procedencias. (…)

 La persona que sale de su país, ya sea buscando refugio o nuevos horizontes, suele ser el más avezado de la familia, tiende a proceder de un entorno socio económico medio y en la mayoría de los casos tiene gran capacidad de emprendimiento y aprendizaje. Sus estudios suelen ser superiores a los de la media de la sociedad de acogida y el aporte que hace a dicha sociedad, en términos económicos, sociales y culturales, muy superior a lo que recibe de ella en las primeras etapas. Además, toda sociedad ha producido y produce emigrantes, y esto —la emisión y recepción de gente— siempre ha sido un factor importante de la dinamización de los pueblos y de las naciones (Catney, 2012). El potencial humano de un país es su mayor activo.

Podéis leer el artículo completo aquí

 

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