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Durante los pasados días se ha celebrado en nuestra ciudad la COP25, la Cumbre del Clima. IFEMA se inundó de maravillosa gente de todo el mundo, de todas las nacionalidades, oficios e inquietudes. No solo políticos o grandes empresas sino también pequeñas empresas y grupos de personas con nuevos proyectos, organizaciones civiles y jóvenes preocupados por la situación actual del mundo. Los acuerdos han sido difíciles de alcanzar y el consenso entre tantas posturas y opiniones no es sencillo ni siquiera cuando debería ser tan sencillo. Quizás uno pueda pensar que, mientras que las personas podemos diferir en gustos y opiniones sobre múltiples asuntos (desde los colores hasta los modelos económicos o principios morales), el clima sería una excepción maravillosa para no tener que dar muchas vueltas: total, todos necesitamos al planeta, todos queremos vivir más, vivir mejor. Es un punto en común que precisa que nos elevemos por encima de los intereses nacionales. Esta cumbre podría ser perfecta para aprender a trabajar unidos para superar los otros retos que tenemos: extremos de pobreza y riqueza, injusticias, inmigración… Pero no es exactamente así.

La Cumbre del Clima ha venido a servirnos de espejo y reflejar a nuestra sociedad mundial una vez más: el cambio climático es uno de los problemas más urgentes y necesarios de la Historia, pero la dificultad para trabajar juntos en su solución es solo un síntoma más de la sociedad en la que vivimos. El desacuerdo por tratar el cambio climático de manera es solo un reflejo más de otros problemas que nos golpean día a día. Aunque vivamos en el mismo planeta, la realidad es que los países pobres sufren más la sequía, los temporales y la subida de la temperatura; son los más pobres los que cultivan, los que echan en falta el agua, los que se quedan sin hogar tras cada diluvio. A su vez somos los países industrialmente más desarrollados los que emitimos la mayoría de los gases de efecto invernadero con nuestro uso de los combustibles fósiles, con nuestros dos coches por familia, nuestros viajes en avión y nuestro consumo disparado de carne. De nuevo, la terrible desigualdad entre ricos y pobres señala que hay muchas otras cosas que cambiar, no solo los acuerdos de emisión de carbono. De nuevo, la migración, la injusticia social, el sistema económico descompensado, el racismo, llaman a nuestra puerta.

Asistir a la COP25 es una experiencia realmente interesante: uno se llena de optimismo y esperanza a la vez que se da un duro golpe con la más desagradable realidad. Mucho ruido, pocas nueces. Muchas palabras, pocas acciones. Se habla mucho, pero se escucha poco al otro. Y mientras no trabajemos realmente juntos, teniendo en cuenta cada uno de nuestras pequeñas y grandes acciones y sopesando el impacto que tendrá en el resto del universo, no podremos dotar de equilibrio a nuestro mundo. Los países desarrollados ya hemos aprendido que el tener cosas no nos ha hecho más felices: que la felicidad no está en tener. Así que el cambio a un consumo responsable debería resultar más fácil. La humanidad es parte del ecosistema no solo hablando en términos ecológicos sino sociales: estamos globalizados y cada una de nuestras decisiones tiene un impacto en el resto de la sociedad, en la otra punta del planeta. Somos cada uno de nosotros los que elegimos no contaminar, no herir, no enemistarnos. Somos cada uno los que marcamos la diferencia y podemos optar por consumir mejor, tratar mejor, escuchar más, hablar menos y, en definitiva, cuidar.

En la entrevista que ofreció el presidente de la Asamblea General de la ONU a Amaranta.tv, el señor Tijjani Muhammad-Bande, da un papel protagonista a la juventud: Bueno, pienso que las tendencias globales son realmente toda la cuestión de las conexiones del mundo. La juventud alrededor del mundo que no se ve disuadida o impedida por las fronteras, piensan que pueden contribuir y son activos expresando cuál es su lugar en el clima, en justicia, en paz, y pienso que de cara al futuro solo veo una interconexión de jóvenes que tendrán grandes responsabilidades y un papel relevante a medida que transformamos el mundo.

Sarah Nur

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