Iris es como un sueño, porque engaña: parece que ese vestido que lleva color azul y jade lo han diseñado para ella exclusivamente, parece que el color de los azulejos del patio los ha escogido el arquitecto sabiendo que Iris tocaría aquí dentro. Pero no ha sido así. Es Iris, supongo, que hace que todo a su alrededor parezca tener un sentido, que ordena las cosas para que te sientas en calma… y escuches plenamente.

Entre dos girasoles y ante tres decenas de personas, se sienta Iris. Abre su boca grande, se presenta hablando muy deprisa y dejando a todos anonadados con su sonrisa y su carisma, y comienza a tocar Magdalena en Seda. Una pieza compuesta por Iris que estabiliza el pulso y la respiración y te prepara para la velada.

Iris habla del Sol Mayor, de cómo evoca al azul; del Re menor, de cómo invita a la devoción. Las Suites de Bach se revisten de un significado especial, íntimo, e Iris saca de esa caja de madera los sonidos más estremecedores, los más etéreos. El sonido inunda todo el lugar, se cuela entre las sillas y las piernas cruzadas de los oyentes, se filtra por los cristales atravesando las puertas y rebotando en cada esquina. La queja, la súplica, la crisis, el agridulce dolor del chelo de Susasí se posa en la piel y nos altera de nuevo los ritmos: el ritmo cardiaco, la noción del tiempo. Cuando Iris abraza con sus piernas y sus gestos el chelo, olvídense del tiempo, olvídense del mundo. Las ondas del sonido entran por los pulmones, la intensidad es el único oxígeno que se respira y se inhala.

Es difícil, yo nunca lo he visto, creo que no existe la posibilidad… de salir indiferente. Hay personas que son capaces de trastocar ese punto central que soporta nuestros universos y removernos por dentro, sentir un pulso profundo, cargarnos de energía, de ganas de vivir. Una de esas personas, es evidente, es Iris. Si te parece que estoy exagerando es porque no estuviste anoche en la Velada o nunca te has dejado seducir por sus notas.

Fue tan especial que sentimos que queríamos festejar nuestro aniversario cada año conmemorando esta Primera Velada Artística con Iris, viendo cómo todo crece, todo cambia, cómo esta semilla se habrá transformado dentro de un año.

Tras alimentar el alma, salimos a tomar aire (bastante fresco, por cierto, aun estando en la Sierra) y nos encontramos con una deliciosa sorpresa: una espectacular mesa repleta de colores y aromas que nos invitaban a degustar sabores auténticos, de esos donde el tomate sabe a tomate y el zumo de fruta a fruta. Quinoa con verduras, gazpacho dulce con sandía, salsa de berenjena y granada, empanada, ensalada, zumos naturales de kiwi con manzana, pera con limón… Pablo Sánchez, de Bioplanet, nos preparó una perfecta continuación de lo que veníamos recibiendo en el patio. Una continuación sabrosa, delicada, cuidada y riquísima.

Gracias a Iris y a Pablo, gracias a Sholeh y a Carlos, gracias a todos los que vinisteis a acompañarnos en esta deliciosa primera Velada Artística. Y a todos los que no pudisteis venir… tenéis razones para arriesgar con la siguiente Velada.

 

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